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jueves, 24 de agosto de 2017

Relato 13 - Encuéntrame en el bosque 1 de 2





Encuéntrame en el bosque

El viaje se había programado algunos meses antes. Era un viaje en parejas y todo deparaba a ser una especie de luna de miel anticipada para Manuel y Sonia, quienes en unos meses, contraerían nupcias. Manuel era recién egresado de la Universidad del Estado y Sonia era enfermera en el hospital de la región, con veinticinco y veinticuatro años, respectivamente. A decir verdad eran la única pareja, de las dos que iban a esa excursión, que parecían quererse de verdad, pues Adrián e Ivette se encontraban en una etapa donde no les convenía tener nada formal. Ivette pensaba que Adrián era simplemente un tipo atractivo y que había sido una gran elección haberse acostado con él el día en el que se conocieron. Adrián pensaba que lo de él e Ivette simplemente no duraría, que sería algo pasajero en lo que a los dos se les quitaban las ganas. Sabía que lo que sentían ambos era simplemente atracción, de esas que no trascienden en ningún sentido, lo único importante era el valor emotivo y sexual que la relación le proporcionaba a ambos.
Sonia y Manuel, por su parte, habían encontrado algo más sutil al paso de los dos años de relación y era precisamente eso lo que los había llevado ahora a tener la certeza de que eran el uno para el otro. En cambio con Adrián e Ivette todo era más ligero, no había un compromiso, simplemente se veían cuando querían y hacían lo que les gustaba.
Manuel y Adrián se habían conocido en los últimos meses de la carrera, habían logrado coincidir en muchas cosas y se habían hecho muy buenos amigos. Manuel había presentado a Ivette y a Adrián, pensando en que eran tal para cual, pensando en que dos de sus mejores amigos podían llevarse bien y tener una relación.
Fueron Ivette y Adrián los que sugirieron el viaje. Habían dicho que les caería bien ir a un lugar donde apreciar la naturaleza. Y entonces surgió el nombre de las lagunas de Zempoala, en Morelos, un lugar asombroso, contrastante en todos los sentidos.
Sonia, al ver el lugar, quedo asombrada, en primera instancia, Manuel tuvo que moverla por los hombros para reanimarla y continuar el camino hacia un lugar donde pudieran acampar a orillas de una de las lagunas.
— ¡Es un lugar sorprendente! —dijo mientras miraba a su alrededor.
Manuel asintió.
—Y espera a que lo veas de noche.
Las palabras de Adrián motivaron a Sonia.
Ivette iba caminando con una sonrisa en los labios. Parecía burlarse de la ingenuidad de Sonia, que, en ocasiones le hacía sentir un poco de molestia.
No habían conseguido alguna cabaña que estuviera disponible. Las que estaban más próximas, se encontraban en remodelación. Un empleado del sitio en el que se detuvieron a comer les dijo que una excursión se veía mejor desde el exterior de las cabañas. Que el cielo era fantástico de noche y que tenían que dormir viéndolo, que sólo así valdría la pena haber hecho el viaje. Este comentario había despertado el interés de todos, a excepción de Adrián, quien tenía planes para con Ivette para esa noche. Evidentemente todos se dieron cuenta del gesto de molestia que había puesto.
Llegaron a un lugar que se encontraba a orillas de una laguna, dejaron sus cosas y todos se acostaron. Era una zona desprovista de gente, eran los únicos que se encontraban en esa zona del bosque, por lo menos en un kilómetro a la redonda.
Ivette se quedó parada mirando algo en el montón de pinos y oyameles que cercaban la zona en la que se encontraban.
— ¿Qué tienes? —le preguntó Adrián al mismo tiempo que la tomaba por los hombros— ¿Qué hay ahí?
Ivette miró a Adrián y perdió de vista el punto donde antes miraba.
—Me pareció ver a alguien entre aquella barreta de pinos —señaló con la mano.
—¿A alguien? Estamos aquí solamente los cuatro —Adrián la tomó por la cintura.
Sonia alcanzó a escuchar la conversación entre Ivette y Adrián.
—Posiblemente alguien que está en una caminata —sugirió.
—Es probable —contestó Ivette con desgana.
Las cosas entre ellas no iban bien. Bueno, nunca habían ido bien. Nunca se habían caído bien. Simplemente se toleraban por llevar las cosas bien con Manuel y Adrián.
Manuel se acercó a Adrián y le dio un golpe con la palma de la mano en la cabeza, inmediatamente se echó a correr detrás de él.
—O posiblemente se trate de un fantasma —dijo sonriendo Manuel.
Adrián salió corriendo detrás de él.
Ivette y Sonia se les quedaron viendo.
—Parecen niños ¿verdad? —Dijo Sonia— siempre que están cerca el uno del otro, se comportan como si fueran niños.
Ivette parecía no haber escuchado el comentario de Sonia. A continuación se giró, y le dedicó una mirada a Sonia, con lo que le anunciaba que trataría de llevar bien las cosas.
Sonia se quedó viendo cómo se retiraba y la dejaba con la conversación en el aire. No sabía por qué Ivette era así con ella, aunque muchas veces se le había metido en la cabeza de que ella tenía un cierto recelo a la relación que llevaba con Manuel. Había algo en ella que le hacía sentir incomodidad cada vez que se expresaba de Manuel. Había un ligero ápice de celo por parte de Ivette hacia Manuel cada vez que se encontraban los tres juntos en un mismo lugar. Sonia había estado de acuerdo en que Manuel presentara a Ivette y Adrián, tenía la vaga idea de que con una relación de noviazgo ella le quitaría el ojo de encima a Manuel. Pero no había pasado exactamente eso; si bien Ivette había tomado cierta distancia por la presencia de Adrián, sus comentarios se habían vuelto más incisivos.
Era cerca de medio día y Sonia había aprovechado el tiempo en el que Manuel y Adrián se mantenían ocupados paseando en los caballos para sentarse a leer bajo la sombra de un árbol. El clima era excelente. Templado. El aire pegaba en sus manos como un fino y fresco soplido. El ver todo al su alrededor sumido en una abundante calma le hizo sentir una gran comodidad. Se soltó el cabello y dejó que se moviera con la ondulación que le profería el viento. La relajación la hizo que se recargara en el árbol y se sumiera en un profundo sueño. Pronto todo su cuerpo se encontraba tendido. Se acurrucó en posición fetal.
Su cuerpo estaba tan cansado que simplemente escuchaba el sonido del aire al chocar contra su cuerpo y los sonidos del agua y uno que otro niño que gritaba a lo lejos. La lejanía de los sonidos era algo que suele ser un aliciente para la relajación.
Escuchó el crujir de unas ramas a una reducida distancia de donde se encontraba. Pensó que sería Manuel y Adrián que habían regresado de su paseo a caballo. Escuchó con atención sin abrir los ojos y se dio cuenta de que estaba en un error; eran solo un par de pies los que se acercaban, no dos. Pensó que se trataba de Ivette. Esa chica siempre buscaba estar presente en donde no le llamaban. Hizo caso omiso de su presencia y siguió con los ojos cerrados, esperando que un sueño la absorbiera. Escuchó avanzar los pasos y detenerse a una corta distancia, prácticamente a algunos palmos de donde ella estaba. Sonia se sintió desconcertada. Los pasos se habían detenido.
Quiso mover el cuerpo, pero sintió como si una mano la estuviera sometiendo por la nuca. Sintió que era una extremidad fría como un cubo de hielo. Trato de gritar, pero replegada contra el suelo le fue imposible. Sólo pudo proferir unos gritos ahogados que se perdieron en el espacio abierto que la rodeaba. Escuchó cómo las ramas crujían anunciando el movimiento de su agresor. Lo que escuchó la dejó tan sorprendida como asustada:
«—Mi cadáver se encuentra en medio del bosque. Encuéntrame.»
La voz hilvanaba juventud. Atormentada, Sonia se levantó en un solo movimiento. Se sentó en el pasto húmedo. Parecía haber recibido una descarga de adrenalina. Al ver que nadie se encontraba a su alrededor, su respiración se transformó en una inquietud incontrolable. Claramente había sentido el peso de algo oprimiéndole la nuca. Estaba espantada. Sus manos se empezaron a desesperar y a mostrar su nerviosismo. Tenía ganas de gritar, de salir corriendo. Pero si lo hacía, sin tener pruebas de lo sucedido, la tirarían de loca. Se fue levantando apretujando el libro contra su pecho, como si éste la fuera a defender de cualquier cosa que la estuviera acechando. Tragó saliva y se levantó por completo y miró a su alrededor. Confundida, dirigió su vista hacia la orilla de la laguna. Ahí, mirando el agua, se encontraba Ivette sosteniendo una expresión ajena, absorta en sus propios pensamientos.
Un súbito arrebato de rabia le azotó en medio del pecho al pensar que Ivette pudo haber sido. Ivette era la única de los que iban a acampar que tenía algo en contra de ella. Seguramente ella tenía algo que ver con lo que le había pasado. Frunció el ceño y comenzó a avanzar enfurecida hacia Ivette.
— ¿Qué es lo que te sucede? —Reclamó al llegar con ella— ¿Cuál es tu problema? ¿Te has esmerado tanto en joderme la vida que ahora quieres matarme de un susto?
— ¿De qué hablas? —dijo Ivette confundida.
—Ya te dije. No te hagas. Bien sabes de lo que estoy hablando —siguió reclamando—. No sé qué es lo que te pasa, pero déjame decirte que desde que he ando con Manuel siempre has querido meterte entre los dos ¿Crees que no me doy cuenta?
Ivette mantenía una expresión de confusión. La miró de arriba abajo y negó irónicamente con la cabeza. Sonia advirtió que le estaba diciendo loca sin mencionar ni una sola palabra.
—No sé de lo que estás hablando. Aunque sí te doy en algo la razón —puntualizó Ivette—. No has logrado caerme bien. No creo que seas la mujer idónea para Manuel. Sin embargo tengo que aceptarte por él. Pero para serte sincera, no te tolero.
Las palabras de Ivette le cayeron como una bofetada. La silenciaron por completo. Incluso, la vio retirarse sin tener la más remota intención de detenerla.
Al recapitular todo lo ocurrido, recordó el gesto de Ivette ante su reclamo, como si ella no hubiese tenido nada que ver con lo que le paso, incluso pudo ver confusión en su mirada. Inminentemente, Ivette tenía muchas cosas para reclamarle por el simple hecho de caerse mal mutuamente, pero, en definitiva, no tenía nada que ver con lo ocurrido. Al menos, eso era lo que aparentaba.
Rememoró el tono de voz que había escuchado. Notablemente esa voz no encajaba con el timbre de voz de Ivette. Había sonado muy juvenil.
«—Mi cadáver se encuentra en medio del bosque. Encuéntrame.»
¿Quién habría sido?
Por un momento se instó a pensar que había sido algo simulado por su imaginación, que todo había sido una alucinación procedente de su sueño. Pero lo había escuchado tan nítido que al sobreponer lo que escuchó con lo que veía a su alrededor, nada encajaba. Volteó desconcertada a ver a su alrededor. Sintió una leve comezón en la nuca, cerca de donde había tenido la sensación de que la había sujetando. Cuando su mano regresó a su campo de visión se percató que una mancha rojiza se barría por la palma de su mano. Esto la hizo estremecerse y regresar al punto donde se encontraba en aquel momento. Caminó hacia ahí con una sensación amenazadora. Tenía la esperanza de que su sangre estuviera manchando alguna parte del árbol o alguna rama del suelo, para poder definir que había sido un rasguño y no un reflejo materializado de lo que creía haber soñado.
El suelo estaba limpio, desprovisto de toda mancha sanguinolenta. No había ningún indicio de rasguños o movimientos bruscos, más que el que había marcado su silueta en el pasto.
Caminó a prisa hasta donde se encontraban sus cosas. Extrajo de una bolsa un espejo. No alcanzaba a ver la herida de dónde provenía la sangre, sólo alcanzaba a ver la mancha roja que se plasmaba en su cuello. Sacó de su bolsillo su celular y contrapuso el espejo de frente a la pantalla del celular para poder alcanzar a ver la parte del cuello donde tenía la herida. Sentía el ardor que le producía el aire al contacto con la carne. Se sorprendió demasiado, tanto que se instó a volver a ver la herida. Era muy grande, no tan profunda, pero sí parecía un corte fino producido por algún punzocortante. Volvió su celular al bolsillo del pantalón y tocó la orilla de la herida. Un dolor instantáneo le llegó de repente y le hizo dimitir de sus intentos de palpar más allá.
— ¿Qué ocurre? —Escuchó la voz de Manuel a unos metros de ella.
Volteó a verlo, trató de disimular su dolor pero un hilo de sangre le comenzó a correr por el cuello.
—Nada, estaba buscando unas cosas —terminó diciendo, preocupada porque Manuel no le viera ni la herida ni la sangre.
—Sonia ¿Por qué te escurre sangre de la nuca? —Manuel hizo el intento de tocarle el cuello.
— ¿De la nuca? —Dijo esquivando la mano de Manuel—. No sé. Posiblemente me he de haber rasguñado.
Sonia tomó sus cosas y comenzó a caminar, nerviosa, en la dirección contraria en la que se encontraba Manuel. Éste último la siguió.
En ese mismo instante Adrián corrió a abrazar por la cintura y levantar a Ivette, quien, a su vez le sonrió burlonamente a Sonia. Sonia la vio hacerlo y decidió ignorar lo que hacía. No pretendía acceder a sus provocaciones. Manuel le dio alcance a unos metros.
— ¿Qué ocurre? —dijo mirándola a los ojos.
—Nada.
—He visto que han tenido algunas diferencias entre ustedes dos —dijo Manuel refiriéndose a ella y a Ivette—, y quiero saber qué es lo que pasa.
— ¿Hasta ahora te das cuenta?
Manuel se encogió de hombros.
—Los problemas están ahí desde que la conozco, más bien desde que decidiste presentarnos. Pero eso no es lo que me importa en estos momentos.
—Entonces ¿Qué es lo que pasa?
Sonia se tomó un respiro y miró a la laguna que estaba enfrente de ella.
—He tomado un descanso, recuerdo que cerré los ojos simplemente para descansar un poco, pero no dormir… estoy segura que no lo hice. Pero después de un rato que pasé así, a la sombra de aquél árbol —señaló la sombra del árbol en el que se había tendido—, sentí algo que me tomaba por el cuello y me empujaba hacia abajo. Fue algo espantoso.
Manuel la abrazó al ver que unas lágrimas se desbordaban de sus ojos.
—No te preocupes. Ya estoy aquí —dijo, incrédulo de lo que le estaba contando su joven novia—, seguramente fue parte del sueño en el que te empezabas a sumir y al levantarte, de un solo movimiento, te rasguñaste con alguna rama —al decir esto, Manuel ya se estaba fijando en la nuca de Sonia.
—No —meneó la cabeza Sonia—. Sentí una mano empujándome hacia abajo con tanta fuerza que parecía querer matarme —por un momento pensó que sería mejor guardarse para sí misma la continuación de la historia, pero cuando lo estaba pensando, ya lo estaba diciendo—, y, al final, sólo escuché una voz diciéndome que su cadáver se encontraba en el bosque, que lo fuera a encontrar.
Sonia se hundió en el pecho de Manuel.
—Ya —le susurró—, fue un mal sueño.
Sonia se quitó de los brazos de Manuel.
—No fue un sueño —reclamó—. Fue real. Tan real como que te estoy viendo.
Manuel puso cara de enfado.
—Sonia, por favor. Sólo has de haber tenido tanto cansancio… que tu sueño te jugó una mala pasada.
Sonia meneó la cabeza en señal de una negación rotunda.
—Dime una cosa —habló Manuel—; ¿y viste alguien cuando despertaste? Porque si no fue un sueño, debiste de despertar de inmediato al momento en que la mano te soltara, debiste de haber visto a alguien. ¿Viste quién te hizo eso?
—No.
—No creo que alguien tenga la velocidad para poder desaparecer en una centésima de segundo —suspiró—. Mira, vamos a darnos el tiempo para pensar en lo ocurrido, pero será en otra ocasión, por el momento vamos a disfrutar de la tranquilidad que proyecta este lugar; es fascinante.
No muy convencida, Sonia aceptó. Pensó que no quería estar de malas y arruinarles el día a todos. Simplemente estarían dos días ahí ¿Qué malo podría pasar?

El sol se estaba ocultando entre los pinos que flanqueaban el horizonte nuboso de aquel lugar. Nadie se había percatado, pero, si se miraba con atención, se podía observar como si el sol, en sus últimos destellos, bañara de un color rojizo el horizonte, como si quisiera dar a entender que nunca moriría, y que esa oscuridad que ahora desterraba su reino, pronto se vería obligada a abandonar lo que él resguardaba con tanto recelo desde mucho tiempo atrás.
Sonia se encontraba sumida en un pensamiento que le giraba en la cabeza, y, a menudo, giraba su vista a ver el bosque que se encontraba a su izquierda. Parecía llamarle como un susurro decadente, casi sin fuerza, como si la voz que la estuviese llamado estuviera moribunda, seca, vacía. No quería seguir escuchando aquel susurro constante. Pero era inútil. Aquella voz se había mimetizado con su mente. También, si decía lo que le estaba sucediendo, todos la tacharían de loca. No quería eso. Ya tenía suficiente con la humillante sensación que sentía por lo que le había hecho sentir Ivette. Manuel le había dicho, en algún momento de su relación, que ella, en muchas ocasiones, era una persona determinante y, hasta cierto punto, peligrosa; que a la gente le convenía tenerla de aliada que de enemiga.
Manuel estaba a su lado hablando de lo que harían al regresar de su viaje. Pero Sonia no le hacía caso.
— ¿Qué opinas? —le preguntó.
Sonia sacudió la cabeza al escuchar a Manuel terminar la frase.
— ¿Eh? Ah, sí. Muy bien —dijo sin saber a qué respondía.
Manuel se rió al percatarse de que no había escuchado nada de lo que le había dicho.
—Bueno ¿quieres ir a cabalgar un rato? Hay que tratar de aprovechar el tiempo que reste de luz —sugirió Manuel.
Sonia accedió moviendo la cabeza afirmativamente.
Se dirigieron hacia un nativo del lugar que rentaba caballos. Tomaron dos y se alejaron hacia donde empezaba el bosque. Rondaron por el bosque sin decirse nada. Poco a poco, los estaba rodeando la noche y la visión se les dificultaba. Ambos utilizaron las linternas de sus celulares para poder alumbrarse el camino. Los equinos se mostraban inseguros en medio de la oscuridad, por eso andaban con mucha precaución al pisar la tierra, entre los árboles.
—Deberíamos regresar —insinuó Manuel.
—Espera —Sonia detuvo su caballo. Descendió de él y dio unos pasos hacia la imperiosa oscuridad del bosque.
— ¿Qué haces? —preguntó Manuel.
Ella lo ignoró, siguió caminando. Manuel descendió también de su caballo. Ella se estaba alejando.
—Sonia ¿Adónde te diriges?
—Espera —por fin había recibido respuesta. Extendió la mano sin dedicarle una mirada, en señal de indicación para que no se moviera.
Manuel sintió un cosquilleo en los antebrazos. El ver a su prometida sumirse en la oscuridad había sido un miedo que llevaba encarnado en su mente desde hacía mucho tiempo; había sido un sueño muy escabroso en donde él sólo fungía como un observador. Nunca se lo había confesado a Sonia, pero ese era un miedo latente. Manuel había recibido esa imagen de su novia yendo hacia la luz como si fuera un déjà vu. Trató de mantener la calma mientras un frío abrazador le subía por las piernas. Tuvo la mirada helada y fija hacia Sonia.
Sonia comenzó a escuchar la voz más nítida, era como si a cada paso la voz se limpiara de todos los sonidos que eran proferidos por el bosque.
«—Estas cerca—la voz era trémula.»
Manuel siguió con precaución los pasos de Sonia. Ella se detuvo súbitamente ante un pino enorme. Al fondo, más allá de su cuerpo se iba difuminando una luz. Se hacía cada vez más débil.
Sonia dirigió su mirada hacia arriba, hacia las ramas. Impresionada, se derribó en la tierra húmeda soltando el celular que tenía en la mano. El dispositivo telefónico cayó a unos metros haciendo que el halo de luz girara sin control, posteriormente el aparato fue a dar contra una roca y terminó por apagarse. Estaba segura de haber visto unos pies suspendidos en la oscuridad de las ramas del pino, como si alguien estuviera colgando. Lo más próximo que su imaginación se atrevió a reproducir que fue la imagen de un cuerpo ahorcado. Pero lo repentino en que sucedió todo no le dio mucho por entender. Sorprendida, retrocedió tumbada en el suelo y recogió su celular.
Manuel la vio caer y corrió hacia ella.
—Sonia ¿Qué ocurrió?
Observó la cara de su futura esposa y precisó que nunca había visto nada similar en ella. Ella no era espantadiza. Nunca había actuado de esa manera. Ahora su comportamiento, y todo lo que él consideraba de ella, estaba tambaleándose.
La recogió en brazos y la pegó a su pecho.
Ella sollozaba. Observaba, tambaleante, las ramas del árbol.
— ¿Qué pasa? ¿Qué hay allá arriba?
—Me pareció ver a alguien. Alguien estaba allá arriba; suspendido en las ramas. Colgado.
Manuel se asomó, enfocó la luz de su celular hacia la oscuridad. No vio nada.
De pronto, la luz de su celular comenzó a parpadear. Se le estaba acabando la batería. Se precipitó a ver el angosto vacío que se precipitaba hacia ellos.
Tan pronto se dieron cuenta, la oscuridad los había engullido. Solamente veían, a sus espaldas, la luz remota que proyectaba la luz de la luna reflejada en la laguna. Es entonces cuando se dieron cuenta que no se encontraban solos. Unos ojos matizados en color rojo los observaban. Parecía alguien que estuviera en cuclillas, observándolos con sus luminiscentes ojos. Los caballos relincharon y echaron a correr. Manuel retrocedió al ver esto. No quiso dejar a Sonia ahí, por lo que la apretó con ambos brazos y la pegó a su cuerpo. Ambos escucharon un ronroneo, no el de un gato, sino el de un animal más grande, era más bien un gruñido. Rápidamente sus fosas nasales se les llenaron de humedad y sintieron la mirada apresadora de aquellos ojos que los miraba con tanto detenimiento. Fueron retrocediendo, poco a poco. Sabían que sí aquello los perseguía, estaban perdidos. Debían de ser sumamente cautelosos.
Los ojos, en medio de la oscuridad, parecieron alzarse y doblar su estatura, como si en vez de tratarse de un animal a cuatro patas, se tratara de una persona. Los ojos se agitaron en la oscuridad por los cual se espantaron y tuvieron la intensión de correr despavoridos. Se frenaron al ver que aquello que los observaba no había hecho más que amagarlos. En un segundo intento Sonia se posicionó atrás de Manuel quien retrocedía inseguro en la oscuridad. Manuel estaba pisando sin mucha cautela, levantó demasiado el pie para retroceder que no se dio cuenta de la rama que se situaba a un palmo de su pie. Su cuerpo se precipitó hacia atrás y chocó con el de Sonia. Los dos cayeron al suelo y perdieron de vista a los ojos furibundos. Tanto fue su susto cuando lo vieron, ahora más cerca de ellos, que se sobresaltaron y salieron corriendo con dirección a las pocas luces que se emplazaban cerca de la salida de los pinos. Ya no importaba nada, puesto que escuchaban el gimoteo y las pesadas pisadas de aquella cosa detrás de ellos, persiguiéndolos. Sonia estuvo a punto de caer si no es porque estaba sosteniendo fuertemente la mano de Manuel. Manuel se aferró a ella y la jaló sin pensar que su fuerza era desmedida y le había producido un fuerte dolor a Sonia. Ésta gritó con todas sus fuerzas.

El quejido se escuchó varios metros a la redonda, incluso fuera del alcance del espeso bosque. Adrián e Ivette alcanzaron a escuchar un alarido proveniente del bosque. Estaban metidos en una bolsa de dormir, desnudos y dentro de una casa de campaña. Ambos frenaron sus movimientos sexuales cuando un grito estridente les llegó como un choque eléctrico a sus oídos. Ivette se alertó y trató de calmar sus jadeos.
— ¿Qué ha sido eso? —preguntó.
Adrián, confundido, negó con la cabeza.
—No sé, pero parece haber sido alguien gritando.
—Asómate a ver —le ordenó ella.
Adrián medio se puso los pantalones y abrió el cierre de la casa de campaña y asomó la cabeza. No vio nada raro. Observó que las cosas de Sonia y Manuel seguían donde las habían dejado ellos. Era preocupante que ellos no hubieran regresado aún. No eran una pareja que acostumbra divertirse mucho.
El frío del exterior le caló en los huesos. Se le vino una marea de incomodidad al escuchar un alarido de auxilio extendiéndose por el bosque. Entonces, salió, y aún sin playera, comenzó a correr hacia donde empezaba el bosque.

Manuel trataba de no soltarle la mano a Sonia. Él se encontraba corriendo al frente. Aún les faltaban algunos metros, posiblemente cincuenta o sesenta metros, para salir del bosque. Pero apretaba la mano de Sonia como si fuera la última vez que la fuera a tocar. En su mente no había otra cosa más que la idea de la supervivencia y la de su futura esposa.
Sonia se arrepintió de no ser adepta del deporte, en su vida había corrido tanto como en esa ocasión.
Era esbelta, sí, pero su complexión atendía más a una cuestión genética que a una su dieta alimenticia.
Al escuchar las pesadas zancadas de lo que los iba persiguiendo, además de que el corazón se le quería salir del pecho, sentía que su cuerpo estaba sudando por doquier. Tenía lágrimas en los ojos por la impresión de lo que había visto. Llegó a pensar que no estaba corriendo voluntariamente, sino que sus piernas habían tomado vida propia para salvar su vida. Pasaron cerca de diez metros y giró la vista hacia atrás. Trató de darle toda su confianza a Manuel, quien estaba dirigiendo la huida y volteó a ver si veía algo gracias a que la luz de la luna comenzaba a abrirse pasos entre los troncos de los árboles. Pero no alcanzó a ver nada. Parecía que estaban corriendo de algo invisible. La voz de Manuel la distrajo:
—Sigue corriendo; ya casi llegamos.
Al regresar la mirada hacia enfrente, ahí justo delante de unos árboles precisó, primero, la silueta que parecía aguardar paciente a ellos, pero aquella imagen ni siquiera se inmuto por lo que estaban haciendo; siguió plantada en su sitio, sin moverse. Pero, conforme iban avanzando, Sonia vio que el rostro de esa mujer presentaba una serie de moretones que le hacían casi indefinible los rasgos de la cara. La vio de cuerpo completo y divisó que sus ropas parecían la de una estudiante, sólo que sucias, roídas y rasgadas. Absorbida por la confusión, no supo precisar si aquella imagen que acaba de ver tenía pies, no los vio, y eso fue lo que le hizo sentir un susto todavía más enorme. Su impresión fue tal que la hizo gritar como si le estuvieran perforando el estómago. Esto hizo que Manuel acelerara los últimos metros que les restaban y que la jalara con todas las fuerzas que le quedaban.
Siguieron corriendo unos cuantos metros más hasta escuchar la voz de Adrián:
—¿Qué les sucede?
Manuel no le hizo caso. Pero Adrián tenía una mejor perspectiva de lo que venía detrás de ellos. Sonia percibió que el rostro de Adrián se encontraba gobernado por una fuerte impresión. Les abrió paso, mientras tomaba un tronco y se perfiló para asestarle un fuerte golpe. Se mordió los labios e hizo un swing completo haciendo que el tronco cortara el aire con un zumbido. El golpe se escuchó hueco, como si el golpe hubiera asestado en alguna masa ósea.
Lo primero que pudieron hacer Sonia y Manuel, al escuchar el golpe, fue derrumbarse en el suelo húmedo. No habían terminado de caer cuando escucharon un chillido de dolor animal, como de un perro, y un quejido de dolor humano.
Manuel cayó al piso y, de inmediato, se giró y vio que Adrián se encontraba forcejeando con algo. La poca luz que emitía la luna no le dejaba ver con precisión.
—¡Ayúdame! —gruñó Adrián.
Para cuando Manuel se levantó, la escena dejó ver un animal peludo, enorme. Una especie de lobo enfurecido que moría por arrancarle el brazo a Adrián.
Manuel se acercó de dos zancadas y se puso por encima del animal. Al sentir su pelaje percibió el olor fétido que desprendía éste. Terminó por tomarlo de sus fauces y jalar hacia arriba. Se había percatado de que sí lo jalaba del cuerpo o de la cabeza, terminaría por rasgar la piel de Adrián. Jaló con todas sus fuerzas. Sus manos se llenaron de una saliva espesa que le cubrió de inmediato las manos. Fue entonces cuando vio los ojos de aquel animal. Eran rojos como el fuego. Parecía que había una luz rojiza proyectándose desde el interior.
Manuel consiguió separar las mandíbulas de aquel lobo por un momento y Adrián zafó su brazo. Entonces, Sonia, quien se había apoderado con el tronco con el que le había pegado Adrián a aquella bestia, le propinó otro golpe, pero ahora entre el cuello y la mandíbula inferior. Esto hizo que el lobo se encogiera y se quejara con un sonido gutural. Le había dolido y se largó tosiendo.
Adrián se encontraba tirado en el suelo, sosteniéndose el brazo por el dolor. Aquel animal le había clavado los colmillos y le escurría sangre por el antebrazo.
—Ayúdame a levantarlo —le urgió Manuel a Sonia.
Ella asintió. Juntos lo levantaron y lo llevaron hasta el lugar donde pensaban acampar.
—¿Qué sucedió? —dijo con un chillido Ivette.
Sonia se había ido directamente a sus pertenencias. Fue a tomar una pequeña botella de alcohol y una blusa de algodón. Regresó y, sin previo aviso, mojó a Adrián con el alcohol. Su piel se deslavó de saliva y restos de tierra y sangre. El dolor era evidente en el rostro de Adrián quien se echó hacia atrás en una contorción de dolor.
La luz de la luna, a duras penas, dejaba ver lo que estaba sucediendo. Pero cualquiera se podía dar cuenta, por los dolientes alaridos de Adrián, de lo que estaba pasando.
Sonia limpió bien la herida, no sin antes darle su blusa para que la mordiera. Ivette le ofreció la playera de Adrián para realizarle un vendaje improvisado.

Después de los excesivos reclamos por parte de Ivette, Sonia buscó concentrarse y recapitular lo que había pasado. «Los pies. Los gruñidos. Los ojos. La tensión de la que era víctima. Su huida. ¡La chica observándome con un rostro apenas visible!». Recordó su rostro y la hizo estremecer. Se sintió inquieta.
Habían querido ir buscar ayuda, pero nadie se veía en los alrededores. No traían coche como para salir de aquel lugar en medio del bosque. Pensaron en llevar a Adrián a urgencias. Pero nadie, en su sano juicio, se detendría para darles subirlos y llevarlos sin pensar raro de ellos y la herida evidente de Adrián.
Sonia les recomendó que se quedaran ahí, que era mejor aguardar unas cuantas horas a que amaneciera y que pudieran salir de ahí en transporte. Adrián apoyó lo dicho por Sonia y precisó que trataría de soportar el dolor. Fue cuestión de tiempo para que Adrián terminara dormido al igual que Ivette.
Sonia y Manuel decidieron armar su casa de campaña y dejar el tema atrás momentáneamente. Manuel fue el primero en quedar dormido. Pero Sonia no podía conciliar el sueño. Así que encendió una lámpara de baterías y  continuó leyendo su libro. Sabía que era un mal ejercicio leer para provocar el sueño, pero en esa ocasión le urgía distraer su mente. Y qué mejor distracción para la mente que la lectura.
Un silbido en la cremallera de la casa de campaña le impedía conciliar su atención Se levantó con la intención de hacer algo con ese sonido. Pero unos pasos en el exterior la distrajeron. Las ramitas tronaban rítmicamente.
Indudablemente eran pasos. ¿Pero de quién?
Manuel tenía el sueño demasiado pesado. En ocasiones, no despertaba por ninguna razón, hasta el siguiente día en que la luz del sol le pegara directamente en la cara. Lo movió un poco, pero sus intentos resultaron en lo que esperaba. Los pasos se escuchaban desde su lado derecho. Ella estaba acostada dando sus pies hacia donde se encontraba la cremallera de la tienda. Los pasos seguían lentamente en dirección a la entrada de la tienda. Encogió su cuerpo y lo pegó a su pecho. Trató de aminorar su respiración. Entonces, los pasos cesaron. Si alguien estaba allí afuera, entonces estaba situado justamente enfrente de la tienda de campaña. Sintió nerviosismo al ver una silueta difuminada a través de la tela, parada como si sólo la estuviera viendo.
Volvió a mover a Manuel. Éste solamente se quejó y se movió con incomodidad.
A continuación la silueta se comenzó a mover hacia la izquierda. Sonia la siguió con los ojos hasta el punto de perderla. Se armó de valor al pensar que pudo haber sido Ivette quien deambulaba por allí. Abrió el cierre de la casa y asomó su cara. El aire frío le golpeo la cara. Se apeó por completo. Se calzó los pies y se enderezó. Procuró no hacer mayor ruido y cerró la cremallera. Miró a su alrededor y notó que su que la otra casa de campaña estaba cerrada. No había ningún movimiento o luz en su interior. Volvió a desviar la mirada hacia la laguna. Todo estaba en completa calma. Pero ella estaba muy nerviosa. Miraba a sus costados tratando de ver algo entre la oscuridad, algo que ni ella sabía qué era. El agua de la laguna se movía con una cadencia pasiva, de una forma muy distinta al interior de su pecho. Incluso se escuchaba el grillar en medio del bosque. Trató de tranquilizarse y se frotó la cara con la intención de hacerlo. Cerró los ojos y meneó la cabeza. «Esto no puede estar pasándome».
Cuando quitó sus manos de su cara, nítidamente vio una figura femenina, de falda hasta las rodillas, con una blusa blanca, roída y mugrosa, indicándole que se acercara. Perfectamente Sonia percibió que sus miradas se encontraron y le invadió una tensión que le heló hasta los huesos. Sintió una parálisis en todo su cuerpo y tragó saliva como si tuviera una bola de pelusa en la garganta.
La curiosidad mató al gato. Pero, aun así se acercó. La mujer giró su cuerpo para ponerse enfrente los árboles que bordeaban el bosque. Comenzó a caminar hacia ellos y hacia la oscuridad azulada.
Sonia tuvo una sensación de cobardía y pensó que era mejor quedarse quieta. Pero siempre había sido una mujer muy curiosa. Le gustaba saber todo lo que llamaba su atención, por eso su voluntad no pudo contra sus principios. Las piernas le temblaban. Sabía que no estaba bien, que debía regresar sus pasos hasta donde estaban los demás. Pero su curiosidad le indicaba el camino hacia enfrente.
Cuando casi perdió de vista a la mujer, apresuró el paso.
Llegó hasta los primeros pinos del bosque y se preguntó nuevamente si estaba bien seguir lo que estaba haciendo. Sus dudas se disiparon cuando vio nuevamente, a unos diez metros de ella, la silueta sin pies de la mujer, sólo que ahora parecía una reproducción anticuada, como si estuviera siendo hilvanada por un proyector viejo. La silueta volvió a verla directamente a los ojos y movió la cabeza como si tuviera la intención de mirar hacia arriba, sólo que los ojos de aquella visón permanecieron fijados en Sonia. La mujer arcó las cejas, incitándola a mirar hacia arriba. Sonia no pudo resistirse y, muy despacio, fue subiendo la vista. Alcanzó a ver la oscuridad absoluta que techaban los pinos con su espeso ramaje.
Sintió una mezcla de náuseas, terror y estrujamiento, cuando vio que, justamente, por encima de ella, se encontraban dos par de pies descalzos suspendidos como un péndulo. Sonia se echó hacia atrás, horrorizada. Abrió la boca y dejó escapar un fuerte grito ahogado. No les quitó la mirada de encima a los cadáveres de Adrián e Ivette, que estaban suspendidos mediante una cuerda que les ataba alrededor del cuello.

Continuará…



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