Declaración de un asesino en
ciernes
La estuve
observando pasar de un lado a otro, por toda la habitación, hasta que por fin
pudo controlar sus nervios y se detuvo enfrente de mí. Miré su silueta
perfecta; una de las tantas causas por la que me había enamorado de ella. Ella
me miraba, nerviosa. Sabía sus culpas, y no encontraba las palabras para
contradecirme. En un debate sería la más perjudicada.
—Nunca
fuiste detallista conmigo —se justificaba.
—Claro
que lo era —dije en respuesta—. A mi modo, pero lo era. No era de flores
diariamente, pero sí de acordarme de lo especial que eras —al momento en el que
ella escuchó esa última palabra sus cejas se arquearon, como si el haber
hablado en pasado hubiese sido en realidad haber utilizado un alfiler y
habérselo encajado en el dorso de la mano—, de las fechas especiales, de ser
constante como pareja. De antemano sabías que mi trabajo no es lo
suficientemente condescendiente conmigo. Pero, aun y con todo esto, no me creo
una mala persona, o mucho menos una mala pareja.
—Pero
me sentía sola. Nunca llegabas temprano.
Terminé
aceptando que eso último había sido verdad. Casi nunca estaba en casa. Me
esforzaba siempre por tener más y más dinero. La comodidad era todo para mí.
Siempre los mejores carros, celulares, los mejores trajes, los mejores relojes,
siempre los tenía. Mi vida siempre fue un lujo que nunca me daba el lujo de
vivir. Siempre pensando en más, y no en lo menos que requería un poco de
atención.
Contemplé
sus ojos azules llenos de culpa, demarcados por la sombría mancha de delineador
escurriéndole por los costados de la cara. Su mirada se perdía con frecuencia
en lo profundo de la habitación, hacia los ventanales de del fondo. Parecía
examinar cada una de las luces de los otros edificios, para encontrar a alguien
o algo que le dijera qué hacer.
Mi
mirada opresora se ceñía en ella. Y aunque estaba sentado en mi sofá, la miraba
como si estuviera parado y observándola directamente a los ojos. Su traición
carnal no era lo que me acongojaba, sino la deslealtad. Siempre había estado
acostumbrado a que la demás gente me tuviera lealtad infinita. Incluso que
muchos, por una buena paga por sus servicios, dieran la vida por mí. «A la
gente sólo hay que darle lo que quiere, siempre hay alguien dispuesto a hacer
lo que tú no quieres hacer.» Bárbara había sido una persona similar en mi vida.
En un principio nuestro compromiso había sido un gran negocio entre su padre y
yo. El pobre hombre estaba al borde de la banca rota. Necesitaba fusionar su
pobre empresa con otra y por eso no puso ningún impedimento para que su pequeña hija se
casara conmigo.
Al
saber de quién se trataba, al hombre se le había dibujado una gran sonrisa en
el rostro, como si hubiera descubierto el más grande secreto de la humanidad.
Bárbara
había sido un adorno bellísimo en mi vida. Y aunque yo no estaba enamorado del todo, de la forma común como la gente la conoce, yo
veía que ella sí, y que por lo menos esa acción de deslealtad había sido más
con la intensión de darme un escarmiento. Lo cual, hasta ahora, no había tenido
el resultado esperado.
—Mira
a tu alrededor —le dije abriendo los brazos para mostrarle el departamento que
teníamos—. Todo esto y lo que atavía tu cuerpo es gracias a mis tan largas
jornadas de trabajo. No tienes motivo para querer reprochar lo que tienes. Si
no lo hiciera estarías hundida junto con tu padre.
—A
él no lo metas, que ya está muerto.
El
pobre hombre había sucumbido al cáncer. No había podido aguantar la enfermedad.
Pero siempre, y hasta el último momento, su intención fue la de dejar bien
protegida a su familia. Su esposa y su hija. Le terminé diciendo que no tenía
de qué preocuparse y el hombre murió sin remedio.
Me
puse de pie y me paré enfrente de ella.
—Sabes
que fui la salvación de tu familia.
—No
es así. Tú sólo has sido mi perdición; el mayor obstáculo que tengo que vencer.
Tú no has dado nada bueno a mi vida.
Lo
que menos toleraba era que alguien diera un vuelco a lo que dijera y que
tratara de cambiar, con una frase, todo lo que había hecho. Eso tenía un efecto
efervescente con mi enfado. La tomé de la mandíbula y la apreté y la halé hacia
mí.
—Te
he salvado a ti y a tu familia de andar por las calles pepenando y de buscarse
la vida de quién sabe qué forma. Me debes lealtad, me debes la vida, me debes…
Bárbara
reaccionó con fuerza, se zafó de mi mano y se hizo hacia atrás, al mismo tiempo
me soltó una cachetada en el pómulo izquierdo. Me hizo retroceder. Estaba
tocado. Nunca antes nadie me había golpeado la cara. El dolor lo percibía como
una sensación placentera. En mi boca se afloró una sonrisa que, lo aseguro, me
dio miedo a mí mismo esgrimirla. El sabor de la sangre no tenía ese sabor
salado que siempre había tenido, era, más bien, algo dulce, algo que se
impregnaba en mi paladar como un fino vino que saciaba, a la vez, mi olfato.
Reí
meneando la cabeza.
—Es
chistoso sentir el sabor de tu sangre explotando en lengua cuando nunca antes
lo habías sentido. Nadie me había tocado la cara si no fuese para una caricia.
Auguro
que Bárbara vio la cara que puse, porque retrocedió lentamente; sabía que iba a
contraatacar. Apreté el gesto y me abalancé sobre ella. Ella retrocedió casi
corriendo, sino hubiese traído tacones, sí lo hubiera hecho. Ella comenzó a
tirar cosas a mi paso tratando de evitar que me acercara. Hasta teniendo miedo
se veía impecable. Aun y cuando tenía corrido el maquillaje, se veía
espléndida.
Extraño
su mirada, lo tengo que aceptar. La extraño a toda ella.
He
pensado que el sentimiento de extrañeza que tengo hacia con su perdida, ha
enfatizado lo que ahora siento. Pues creo que me he convertido en una especie
de psicópata.
La veo a ella en cada rostro que pierde el aliento
entre mis manos. La veo a ella entre cada persona que esgrime un gesto de temor
ente mi arma. Veo su sangre borbotear en el cuerpo de los demás. Siento esa
delirante sensación que sentí en ese preciso momento.
Ella
fue hasta la cocina, corriendo a trompicones. Tropezó hasta el suelo en un par
de ocasiones.
Bárbara
sacó un cuchillo de un cajón de la cocina. Lo esgrimió ante mí, como si la
hoja del cuchillo fuera lo suficientemente poderoso como para hacerme
retroceder.
Seguí
caminando.
Mis
pasos no desaceleraron. La vi, desde el umbral de la puerta, temblando como si
hiciera un frío descomunal. Le temblaba la mandíbula, como si ésta se le fuera
a descolgar.
Sentía
un gran rencor. Sentía la cara sumamente caliente, como si un carbón estuviera
encendido dentro de mí.
—Aléjate
de mí —decía ella amagando con el cuchillo.
Sostenía
el cuchillo sabiendo que de eso dependía su vida.
Al
acercarme a ella, sorpresivamente le arrojé mi brazo y la alcancé a tomar de la
muñeca izquierda. En un movimiento repentino ella blandió el cuchillo en uno de
mis brazos, cortando superficialmente mi piel, pero comenzó a manar sangre como
si hubiera alcanzado a rozar una vena.
La
miré con mayor odio y la giré hacia enfrente, posicionándome a sus espaldas y
tomándola fuertemente desde atrás.
Ella
pataleaba y se zambullía para tratar de liberarse. Conforme más se agitaba, yo
ejercía mayor fuerza en mis brazos. Ella apretaba la quijada, como si fuese su
intención comprimir sus dientes.
Gradualmente
sus movimientos empezaron a cesar; les restaba fuerza a cada momento.
Podía
sentir cómo sus fuerzas se iban desvaneciendo.
Confié
en que se había desmayado, pues podía percibir su respiración débil y
decadente. Mantuve la presión en su cuello por un poco más de tiempo, hasta que
sus brazos cayeron, flácidos y sin vida.
Dejé
caer su cuerpo, el cual cayó, inerte, como un costal de tierra.
Por
su nariz escurría una gota de sangre. Su cabeza chocó contra el piso.
La
miré complacido. Estaba completamente fuera de sí. Nunca antes había visto un
cadáver tan de cerca, mucho menos haber matado a alguien. Pero la sensación que
tuve al verla tirada en el piso, después de hacer frente a su traición, me hizo
sentir fortalecido.
Me
hice hacia atrás, abatido y cansado. Me tallé los ojos mientras abría la boca
aspiraba un aire reconfortante que iba, poco a poco, destensando mis músculos.
Mi espalda chocó contra el refrigerador. Pude sentir el clima frío en mi torso.
Miré
el cuerpo delicado y esbelto de Bárbara. Siempre tuvo ese cuerpo estético.
Nunca perdió su figura. Era, muy posiblemente, la mujer más hermosa que hubiese
visto. Esos rizos que le caían como luminiscentes betas sobre
los hombros.
La
mujer perfecta yacía en el suelo, inmóvil.
No
era mi intensión asesinarla, sino más bien que aprendiera que no se puede tener
todo en esta vida. Que la vida es un constante precio que se debe pagar. Y que
eso muy poca gente sabe.
Comencé
a avanzar en dirección a la sala. Observaba con detenimiento un halo de luz que
se filtraba por los enormes cristales del departamento.
Cuando
apenas pasaba por encima del cuerpo de Bárbara, pude ver un movimiento en ella,
al cual no le presté demasiada atención pues pensé que se trataba de una
convulsión. Pero cuando me percaté de que no lo era, ya era demasiado tarde.
Ella
nunca había soltado el cuchillo de su mano.
La hoja del cuchillo rasguño el aire con un sonido muy fino que hizo detonar mi propia sangre.
La hoja del cuchillo rasguño el aire con un sonido muy fino que hizo detonar mi propia sangre.
El
corte rayó sobre mi pantalón y en mi pierna. El dolor fue lacerante a unos
momentos después que sucediera. La adrenalina en mis venas fungió como factor
para posponer el efecto del dolor, pero los músculos comenzaron a sentir todo
mi peso sobre ellos, lo cual me hizo caer al suelo.
La
sangre se hizo presente de inmediato, dejando un charco rojizo en el suelo.
Me
quejé de dolor. Regresé, como pude, mi vista hacia a Bárbara y la observé que
empuñaba el cuchillo con su mano temblante. Se comenzaba a enderezar, mientras
reptaba como un reptil.
—Nunca
más te vuelvas a meter conmigo o con mi familia —me amenazó fon furia.
Parecía
sufrir por volver a respirar. Sus exhalaciones eran dificultosas, muy
complicadas.
Ella
tenía una gran ventaja sobre mí. Pero sabía que la dominación siempre resulta
algo tan frágil y engañoso. Retrocedí arrastrándome, con un dolor que me
laceraba los músculos. Solté varios bufidos mientras veía cómo ella se iba
poniendo de pie. La expresión de su cara, desencajada y fría, me advertía
peligro. Apreté los músculos de la cara e intenté levantarme. Me fue imposible.
En su lugar traté de voltearme, para alejarme a gatas, pero cuando lo había
conseguido solamente pude ver la hoja del cuchillo incrustárseme en el
dorso de mi mano.
Un
grito sumamente estridente se oyó por todo el departamento.
Un
charco de sangre se fue dibujando debajo de mi mano, mientras lo contemplaba
horrorizado. Quería proferir millones de improperios, pero estaba horrorizado
por completo. El dolor era profundo y no sólo provenía de mi extremidad, sino
también de varias partes de mi cuerpo a la vez. Me recosté en el suelo, consiguiendo que
cuchillo saliera proyectado hacia un costado. Bárbara no me quitaba la mirada
de encima y amenazaba con abalanzarse contra mí.
Así
lo hizo, pero la recibí con mi mano sana. Su cuello quedó en mi mano y ella se
zambullía como una piraña queriendo morder. Me enseñaba sus dientes y su melena
le caía como un ramillete de hilos descoordinados.
Lloraba,
haciendo ver su dolor.
Un
ataque de adrenalina hizo que mis músculos recobraran fuerza y que desplazara el
peso de Bárbara hacia un lado. Rebotó una vez en el suelo y se incorporó tan
rápido que cuando la miré de nuevo ya estaba próxima a abalanzarse hacia mí.
Mi
mano, en su afán de fungir como un apoyó para levantarme, palpó, por suerte, en
el lugar equivocado, haciendo que encontrara el cuchillo que Bárbara había tenido momentos antes. Lo empuñé de inmediato.
Vi
a Bárbara impulsarse con fuerza desmedida hacia a mí. Como acto reflejo, y en
respuesta a su agresivo movimiento, lo único que pude hacer fue extender mi
mano empuñando el cuchillo con el filo por delante.
La
hoja del cuchillo se clavó en el costado de su cuello, a unos diez centímetro de su
clavícula. Sus ojos representaron una escena complicada de estupefacción que se
me ha quedado grabada en la mente como un recuerdo de la infancia.
Observé
lentamente cómo su cuerpo iba perdiendo fuerza hacia el piso con cada
convulsión. Su cara; una máscara mortuoria con expresión desencajada, daba sus
últimos respiros antes de caer al piso, sin vida y manando sangre por el cuelo
y la boca.
Tras
todo este tiempo, sé que no estuvo bien lo que hice. Pero después de que
conoces la sensación que se tiene cuando silencias la voz de tu cabeza que te
repite a cada momento “hazlo, hazlo, ¡hazlo!”, todo se vuelve tan quieto que
parece sumergirse en un mar pasivo y sin oleaje.
Ojalá
alguien encuentre esta carta y me detenga.
Porque
no hay asesino serial que no anhele ser atrapado.
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