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miércoles, 7 de febrero de 2018

Relato 16 - La sonrisa del gato




La sonrisa del gato


Soy nuevo en la ciudad. Mi nombre es Mauro Ortega. Soy del estado de Michoacán y he venido a la ciudad a vivir por un tiempo, mientras termino mis estudios de ingeniería en el Politécnico. Debido a la situación económica de mis padres, me he visto en la necesidad de trabajar y pagar mis gastos personales, así como mis gastos estudiantiles por mi cuenta, si es que quiero continuar estudiando y terminar.
Al llegar a la ciudad me he topado con que no es como yo me la imaginaba. Es un lugar precipitado, con muy pocos momentos de calma y mucho estrés por doquier.
No soy del tipo de persona sociable que encaje en esta ciudad. Soy, más bien, del tipo de persona que es sumamente celosa de su soledad. No me gusta ir a fiestas debido a que me aturden las luces y el alcohol. Para tranquilizarme y pasar el rato, platico conmigo mismo; una costumbre que tengo desde niño. Conforme he crecido he hecho esto a menudo y cada vez que me siento solo y necesito razonar acerca de un problema o algo que me aqueje. La gente que llega a tener contacto conmigo en esos momentos tiende a reaccionar mirándome extrañados y como si estuvieran viendo a un loco. Pero para mí es algo completamente normal y algo con lo que he vivido toda mi vida.
Cuando niño, mis hermanos me rechazaban por lo extraño que les resultaba ver mi comportamiento. Pues parecía jugar con alguien, platicar abiertamente con alguien que nadie más veía más que yo.
Mi madre decía que tenía amistades no existentes. Que ella sólo me veía salir corriendo como si estuviera persiguiendo a alguien, dirigiéndome hacia los sembradíos. Muchas de esas amistades ficticias tenían nombre, según lo recordado por mis padres. «Nombres muy raros», precisaban ellos.
En aquellos tiempos, y por la condición económica de mi familia, mi comportamiento fue ignorado lo más que se pudo. Los niños de las casas aledañas no jugaban conmigo porque afirmaban que estaba loco. Las madres de esos niños me miraban con cierta lástima y desdén,  a menudo iban por ellos si alguno de ellos se encontraba cerca de mí, y tiraban de sus brazos como si quisieran arrancárselos. Todo ese repudio se fue tornando en todas las etapas de mi vida. Hasta que decidí olvidarme de esas malas compañías.
Yo los dejé, pero ellos nunca consiguieron desistir de mí.
Por las noches, escuchando sus voces; ya no son voces de niños. Son voces que han evolucionado con el tiempo, igual que la mía. Pareciera como si ellos también hubiesen crecido a la par de mí.
Ahora sonaban como voces despechadas, afligidas por mi omisión hacia ellos. Todos los años iba notando las diferencias en sus voces a la vez que yo iba creciendo. Me demostraban que ellos tenían la razón. Predecían sucesos fatales. Y, cada vez que lo hacían, lo hacían al unísono, como si no les bastase suficiente martirio hacerme escuchar una voz en mi cabeza prediciendo algo que ocurriría cerca de mí.
Por eso, algunas ocasiones converso con ellos, y digo que hablo conmigo mismo. Porque es la única forma de acallar las voces.
Haciendo esto, todo ha cambiado de alguna forma. Las voces se han ido tranquilizando, aunque todavía persisten pequeños susurros por la noche.
Desde hace algunas noches, cuando me encuentro esperando a que el sueño se apodere de mí, siempre irrumpe una voz diciéndome «Observa quién te ve desde la ventana» con una voz clara y con eco que retumba en mi cabeza como si fueran pasos pesados en un lúgubre túnel.
La mezcla de ansiedad y miedo, me hacen voltear hacia la ventana, donde se encuentra un gato pardo que me ve detenidamente como si se burlase de mí. El primer día que ocurrió esto, pensé que se trataba de un gato común y corriente. No fue hasta por la madrugada siguiente, cuando me levantaba para irme al trabajo, cuando lo vi nuevamente parado en el tejado de la casa contigua y mirándome detenidamente. Por la noche había terminado por ceder ante el sueño. Me había girado hacia la pared ignorando la presencia de aquel animal, que se lamia las patas como si estuviera limpiando sus garras, como preparándolas para algo.
Lo extraño había sido por la madrugada: el gato seguía en la ventana, como si no se hubiese movido de ese lugar. Cuando me di cuenta de esto, el gato, con mucho desdén, avanzó por el tejado como si simulara haberme ignorado. Dio un salto hacia abajo, en el borde del tejado, y se perdió en la espesa oscuridad de la madrugada.
Comencé a frotarme los brazos con las palmas de las manos, porque había sentido un frio repentino que hizo que la piel se me erizara. Fui al armario y saqué una chamarra. Vi la hora y me apresuré a bañarme. El agua estaba gélida, y la sensación que tuve al contacto con el agua fue como si pasaran un cubo de hielo por mi espalda. Traté de que mi aseo fuera lo más rápido posible, pues tenía que estar en la estación del metro más cercana a las cuatro con diez de la mañana si quería llegar a tiempo a mi trabajo.
Salí de la habitación sintiendo el golpe de frío que azotaba contra mi cara. Comencé a descender por la escalera de caracol. Todo estaba en un sepulcral silencio, que combinado con la oscuridad, me hacía sentir como si algo, que no fuera el aire, lamiera mi cara con desesperación.
Sacudí la cabeza para quitarme la extraña sensación. Me cerré la chamarra y me puse el gorro en la cabeza mientras iba abriendo la puerta principal de la casa donde rentaba.
Las farolas bañaban con una luz amarillenta la calle. Una que otra parpadeaba como anunciando que tarde o temprano dejaría de funcionar. Esa claridad rellana se extendía hacia un punto enfrente de mí, donde se perdía toda claridad y la oscuridad se fundía con el pavimento.
A ese lugar era hacia donde me tenía que dirigir. No había de otra. Era sí o sí.
Comencé a caminar por en medio de la calle, la cual estaba evidentemente desprovista de autos en movimiento. Los coches se encontraban parqueados a un costado de la calle. Las fachadas de las casas solamente eran unas manchas cuadradas y discordes que habitaban ocultas en la oscuridad. Decidí ponerme los audífonos y reproducir música desde mi celular para sosegar la sensación de ser observado.
Sentía alguien observándome a mis espaldas. Sentía algo cerca que no podía definir. Pensé que era temor. Era algo inquietante. Aún y con la distracción de la música en los oídos no conseguía quitarme aquella rara sensación.
Giré varias veces la cabeza esperando ver a alguien escondido entre las sombras. Pero, afortunadamente o desafortunadamente, no sé si haya sido bueno, no vi a nadie. Me detuve a escudriñar el camino que había dejado atrás, sólo para ver una sombra pequeña caminando en cuatro patas, aproximadamente a unos veinte metros de donde me encontraba.
Lo vi caminar tranquilamente, con sus patas delicadamente tocando el piso. Reconocí que era el mismo gato de la ventana. El mismo que me estaba abrumando por las noches.
Los maldije. Pensé en agacharme y fintarlo, como si hubiese tomado una piedra del suelo y tuviera la intensión de aventársela.
El gato ni se inmutó.
En su lugar, el gato se dirigió a su derecha, subiéndose a la banqueta y quedándose quieto. Miraba hacia enfrente. Pero no era a mí a quien miraba. Se trataba de un punto a mis espaldas. Sentí una breve ventisca que se estrellaba en mi cara, como si alguien hubiese pasado a un costado. Giré lentamente esperando ver sólo el resto de la calle.
Pero lo que vi me hizo retroceder.
En ningún momento había visto al así. Me quedé estupefacto por varios segundos.
Decenas de gatos, posicionados en distintos lugares de la calle, me observaban con sus ojos luminiscentes y retadores a unos cuantos metros de donde me encontraba. Parecían réplicas exactas del mismo gato que me acosaba. Todos eran pardos. Lo único que se alcanzaba a distinguir eran sus siluetas y sus ojos, que resaltaban como pequeñas llamas amarillentas bailando de un lado al otro como si las estuviera agitando el aire.
Eché mi cuerpo hacia atrás. Mis piernas no me siguieron y terminé por caer de espaldas. Me incorporé rápidamente, espantado y sin perderle la vista a los gatos. Todos me observaban expectantes de cualquier movimiento.
A la brevedad, uno de los gatos comenzó a maullar con un sonido lastimero. De repente, y como si la indicación del primer gato hubiera sido que todos le siguieran, todos comenzaron a maullar al unísono. Parecía como si toda la manada de gatos se encontrara en una orgía embramada.
Inconscientemente comencé a temblar. Mi párpado derecho comenzó a ser poseído por un tic que pronto se comenzó a extender por toda mi cara.
Noté la pasividad con la que los gatos me observaban; quietos. Parecían absortos en algo más que no fuera yo, pero con la mirada fija en mí. Al ver esto, sentí un ápice de valor. Comencé a avanzar sin quitarle la mirada de encima a los felinos más cercanos. Ellos comenzaron a girar sus cabezas al unísono. Hasta que a uno se le ocurrió ronronear. Lo que sucedió a continuación fue tan impresionante que lo único que pude hacer fue acelerar el paso; los gatos, conforme iba avanzando, maullaban, y, cada vez que daba un paso, se iban inmaterializando, quedándose sólo en una sombra que, momentos después, se desvanecían como si fueran de humo. El color oscuro de los gatos se fue difuminando, cual polvo en el viento. Los restos que quedaron esparcidos en el pavimento parecían cenizas regadas de algún árbol consumiéndose. Tan pronto volví en sí, y ya sin ningún gato al alrededor, una suave brisa hizo que las cenizas volaran como la arena.
Me quedé a solas, en medio de la oscuridad, con el corazón bombeando como el de un colibrí atrapado.
Tuve ganas de echarme a reír debido al nerviosismo que me dio haber presenciado eso. Por un momento pensé, para consolarme, que todavía estaba sumido en un sueño y que no había salido de mi habitación, que todavía estaba dormido. Pero sólo había sido autocompasión. El frío me azotó en la cara con la realidad. Desconcertado, sacudí la cabeza enfocándome de nuevo en el camino.
Tenía un fuerte sabor amargo en la boca. Sentía la lengua como si la tuviera escaldada.
Todo el trayecto que me faltaba por caminar me fue abrazando un frío que me entumía los huesos. Veía el vaho saliendo de mi boca como si estuviera fumando a fuertes bocanadas. Mi corazón retumbaba encerrado en mi pecho como si hubiera visto al mismo diablo.
Al llegar a mi trabajo, me mantuve alejado de mis dos compañeros que compartían el turno conmigo y que querían hacer bromas como cotidianamente lo hacían. Mi poco humor hizo que varias veces los volteara a ver de forma despectiva, evitando sus mofas y alejándome de ese sitio.
Trabajaba en una tienda de autoservicio de veinticuatro horas. Ocupaba el turno de la mañana, siendo un caso especial debido a mis estudios, pues a los demás empleados los hacían turnarse en los horarios.
Uno de mis compañeros se me acercó, tentado por la curiosidad acerca de mi extraño comportamiento.
¿Qué te ocurre? dijo en un tono apenas perceptible ¿Te hemos hecho algo?
Yo meneé la cabeza negando.
¿Entonces? Has estado muy raro. Digo, nunca eres de los que bromean, pero por lo menos nos hablas.
Nada – dije en un hilo de voz. Tuve una mala noche. Sólo es eso.
Pues no creo que sea solamente eso dijo mi compañero.
¿Por qué lo dices?
Por esa mancha oscura que te escurre por la nuca se fue acercando. Parece sangre, pero es muy oscura para serlo.
Me tomó del hombro con la intensión de asomarse a ver más de cerca. Yo me intenté hacer a un lado, pero sentí, de inmediato, todo su peso en mis hombros.
Aquí señaló un punto cerca de mi nuca.
De inmediato sentí un dolor punzante, pero soportable de cierta manera. Me quejé amargamente y empujé a mi compañero creyendo que él me había hecho algo.
― ¡Déjame! ¿Qué me hiciste? pregunté sin quitarme la mano de la nuca.
Yo no te hice nada respondió. Es lo que tienes escurriendo por la nuca.
Él extendió la mano para intentar tocarme nuevamente, a lo cual yo le respondí poniéndole un manotazo en el brazo.
Me observó molesto. Por un momento pensé que se me iría encima, pero se contuvo, quizá porque estábamos en el trabajo y, casi a mis espaldas, se encontraba una cámara de seguridad. Amagó y me señaló con el dedo aparentemente molesto. No dijo nada, se dio media vuelta y se fue.
Parecía haberme enviado una amenaza.
No le tomé mucha importancia y me fui directamente al baño. Ahí tome mi celular y lo situé detrás de mi cabeza con la cámara activada. Abrí lo más que pude mis cabellos que obstruían esa zona y tomé un fotografía. Observé la imagen, pero no alcanzaba a distinguir qué era lo que me dolía de tal manera. Seguí tomando, fotos tratando de ver qué era lo que tenía. Pero sólo conseguía ver la mancha de la que me hablaba mi compañero.
Me puse la capucha de la sudadera que traía y fui hasta la caja de cobro. Sin que me vieran mis otros compañeros, tomé un rastrillo del aparador. El dolor en la nuca se iba incrementando. Comenzaba a ser insoportable. Me di prisa y me dirigí nuevamente al baño ya casi corriendo. Al sentir la soledad en el baño bufé de dolor y comencé a rascarme alrededor de la zona que me dolía. Noté que había una hendidura que demarcaba una figura en mi cuero cabelludo. Pude sentir que dicha figura estaba desprovista de todo cabello, como si el cabello hubiera desaparecido así como así.
Tomé unas tijeras que estaban en la gaveta, detrás del espejo, y comencé a cortar el cabello sobrante de esa zona. Después, con un cuidado que me era casi imposible controlar, comencé a rasurar el área. El dolor se comenzó a pronunciar ya como un ardor constante y lacerante. Cuando tocaba la hendidura en mi cabeza, el dolor llegaba a ser insoportable.
Cuando el área estaba completamente desprovista de cabello, usé nuevamente mi celular para fotografiar lo se encontraba en mi cabeza. Cuando puse la pantalla de mi celular en frente de mí para ver la imagen, lo que vi me hizo retroceder.
Era la figura nítida de un gato erizando su pelaje como si tuviera la intención de atacar.
Un gesto de profunda confusión se dibujó en mi rostro. Comencé a sudar frío. Me encontraba nervioso. No sabía qué hacer o por qué preocuparme, si esa era una forma patética de atemorizarme. Pero, fuese como fuese, había funcionado. Tenía los dedos congelados y la mano temblando, como un enfermo de Parkinson.
¿Qué me había pasado?
Inmediatamente me vino a la cabeza la imagen del gato que me acosaba desde hace unas noches en la ventana de mi habitación. Pensé que posiblemente tenía que ver con eso. Pero cómo podría haber pasado. ¿Qué es lo que tenía que ver ese animal en todo esto?
Una horda de sentimientos negativos me abordó por completo. Lo que más resaltaba en mí era la confusión. ¿Qué pudo provocar esa marca en mi nuca?
Me sentí como un estúpido al pensar que iría a casa y, por la noche, esperaría despierto a que el gato apareciese. ¿Pero qué haría cuando éste se posara presumidamente en la ventana? Me sentí aún más imbécil al pensar que, en mi desesperación, le pudiera preguntar qué es lo que tenía que ver con todo lo que me estaba pasando.
Frustrado, y con una evidente cara de molestia, salí del baño, me dirigí hacia el área donde todos los empleados guardábamos nuestros efectos personales, tomé mi mochila y me dirigí hacia la salida sin dar cuenta del porqué me retiraba.
Regresé al lugar que rentaba sintiendo un dolor casi punzante. El contacto con la figura de mi nuca se hacía insoportable. Llegué disgusto y con las ganas de golpear lo que fuera.
Era como si tuviera un fuerte dolor de cabeza: como una migraña. No soportaba ver la luz. La cabeza me daba vueltas como si tuviera dentro un carrusel girando sin control.
Me obligué a buscar estabilidad en los muros de aquella vivienda, pero mis manos no alcanzaban a sentir el soporte de las paredes, quienes, a mi vista, parecían moverse de su sitio como evitaran, a voluntad, que las tocase. Inmediatamente, un mareo se apoderó de mí y caí rendido al piso, no sin antes darme un golpe muy fuerte contra un mueble de madera.
No sentí que hubiera pasado mucho tiempo, pero la noche se había hecho presente.
Desperté con un nuevo e incesante dolor en la cabeza, como si me acabara de golpear. La habitación estaba completamente a oscuras, vacía, como si hubieran saqueado los pocos muebles que poseía. Me enderecé, y, al hacer fuerza con las manos, sentí un leve calambre que iba ascendiendo hasta encarnarse en mis hombros. Esto me hizo desistir de mis fuerzas y dejarme ir contra el piso. No podía hablar. Sentía como si algo, extrañamente, estuviera deteniendo mi lengua desde el interior de mi boca, desde la garganta. Tenía la mandíbula tensa y la mirada perdida como un drogadicto.
De repente la habitación se esclareció levemente, como si una débil luz se extendiera desde el centro de ella. Justamente desde el centro de la habitación me encontraba yo, tirado en el suelo. No había nada que iluminara la habitación salvo yo, pero la luz provenía de ese lugar. De pronto unas siluetas penumbrosas y borrosas comenzaron a crecer ante mis ojos en las paredes, como sombras que sobresalían de los muros. A la altura de los ojos, de cada una de las siluetas, se dibujaban dos esferas luminiscentes de color blanco. Eran sus ojos que refulgían amenazantes a medida que iban creciendo. Las sombras fueron en aumento desde el suelo hasta el techo. Parecían encorvarse al llegar al techo como si no cupiesen en la habitación. Sus extremidades eran muy largas, tanto que no encajaban con sus proporciones.
En total se trataban de seis figuras humanoides. Todas con un gesto distinto. Unos parecían estar mofándose de mí, otros tenían el aspecto triste, incluso lloraban. El más inquietante era el último humanoide; éste tenía un gesto desencajado, furibundo, a la vez que parecía mutar sus gesticulaciones en todas las que lo rodeaban. De todas, era esta última la que se posaba más insistentemente en mí.
—Mauro, viejo amigo —dijo la sombra.
La voz sonaba como si dos personas estuviesen comunicándose a través de ella. Aun y cuando su rostro sombrío se movían, los gestos no dejaban de cambiar.
— ¿Quién... quién eres tú? —pregunté atónito.
Apenas me había podido enderezar. Mi cara temblaba al igual que mi cuerpo, pero en un ritmo discordante.
— ¿Qué son ustedes? —insistí.
La habitación se quedó entre murmullos. Todas las siluetas, a excepción de la que me había hablado, estaban comunicándose entre ellas. La que en un principio me habló, se me quedó  viendo con ojos de ira.
—Ya no nos recuerda —decían entre ellas—. Nos ha olvidado.
En ese momento me atormentó una sensación que poco a poco se convirtió en recuerdos. Recuerdos fugaces. Primero el reconocimiento de las voces; una a una se empezaban a hacer presentes en mi mente como un vago recuerdo, como alguien que recuerda el sabor de algo que había dejado de probar. O que por lo menos había querido dejar de hacerlo.
—Mauro nos ha olvidado —dijo una voz tosca.
—No. No puede ser —contestó una voz débil.
— ¿Con que no recuerdas a tus amigos? —me preguntó la voz que en un principio me había hablado.
Todavía confuso, me puse completamente de pie. Observé las sombras como queriendo reconocerlas. Aunque sabía que, hasta ese momento, lo único que reconocía eran sus voces. Me llegaban como unas voces lejanas e infantiles. Pero sin ningún rostro.
Sorprendido, di una vuelta sobre mis tobillos mientras la primera voz me decía:
—Míranos —la voz parecía querer evitar desesperarse. Se oía forzadamente tranquila —.Hemos estado a tu lado toda tu vida. Somos esas voces que has tratado de evitar por el miedo. Somos las voces de tu interior. Las voces de tu conciencia, las voces de tu mente, las voces de lo que has querido hacer y lo que no has querido hacer. Somos lo correcto y lo suscrito a lo que se considera incorrecto.
La voz dejó que el silencio que continuó hiciera lo suyo y se introdujera en mi mente dejando flotar recuerdos de mi infancia.
—Nos has querido callar porque has tenido miedo de lo que piense la gente de ti. Siempre has pensado que tú eres el loco, y que la gente te mira como si fueras un extraño ser que habla consigo mismo.
—Lo cierto es que hemos estado a tu lado siempre —dijo otra voz.
—Siempre hemos sido tu compañía —dijo otra.
—Sí —dijo otra que creí que ya había escuchado antes.
Ahora las tonalidades de las voces eran de gente madura. Pero, en ocasiones había un distintivo, algo que las hacía asemejarse a las voces que yo conocía. Lo sabía en el fondo. Sabía, incluso, que les había puesto nombres porque no podía pronunciar sus nombres verdaderos. Nombres ridículos. Y los nombraba mis amigos. Personas inexistentes que siempre estaban conmigo, aconsejándome, mostrándome lo que debía hacer.
En lo precario de su aspecto se alcanzó a dibujar el rostro infantil que reconocía muy por debajo de lo escabroso de mi memoria.
Los seis seres tomaron formas humanas intermitentes, alternándose con su figura original que ya me habían presentado.
—El olvido era lo último que queríamos y esperábamos de parte tuya —dijo la primera voz, que ahora sonaba con una distorsión que le daba un toque malicioso a todo. La luz de la habitación fue apagándose gradualmente hasta quedar un débil halo que amenazaba con morir.
Mi cuero se enchinó al ver un rostro agrandándose ante mí.
Fue entonces que recordé en lo que decían las antiguas leyendas de mi pueblo natal.
Decían que los gatos eran los acompañantes de los demonios y que muchas ocasiones se hacían de almas para otorgárselas en forma de ofrenda a sus dueños, haciéndose de la confianza de las víctimas para después ser el alimento de sus amos. Estas víctimas eran, sobretodo, niños de una edad específica, aunque en muchas ocasiones las víctimas llegaban a ser jóvenes de mayor edad, incluso adultos. Decían que se alimentaban de la preocupación y la incertidumbre de ellos para fortalecer la voluntad de su amo. Cada demonio tenía un felino distinto y estos marcaban a sus víctimas con heridas lacerantes en alguna parte de la cabeza. Muchas ocasiones el demonio tenía a su cargo más de un felino, y esto definía el poderío del mismo: a mayor número de felinos, mayor poder entre los demonios. Había ocasiones, incluso, que eran marcadas en la frente o en las sienes. La marca de un felino sonriente —como era en mi caso—, se trataba de una marca de muerte o de locura, pues, se contaba, que esta marca representaba el vínculo que haría llegar al demonio para devorar el alma de la víctima o dejarlo en un estado de debilidad absoluta.
Mi cuerpo se entumeció al ver a aquel rostro desprovisto de toda facción y caí hacia atrás, tropezando al querer escapar. Recordé toda aquella leyenda y la piel se me escurrió en escalofríos.
Aquella bestia tenía el cuerpo erguido, con una cabeza que aparentaba la combinación de varios tipos de animales. Su mirada era fría y poseía unos ojos de serpiente inyectados en color rojo.
Retrocedí. Fue entonces cuando las seis figuras de los niños se materializaron ante mis ojos. Cada niño enfrente de su respectiva sombra. Parecían la reproducción de un proyector antiguo con líneas que surcaban los cuerpos de los niños.
El demonio me miraba con un gesto parecido a una sonrisa dibujada en sus labios. Pero en su mayor parte era un rostro de ira. Furibundo. Serio. Bufaba como si se tratase de un toro enrabietado. El rostro se abalanzó un poco hacia mí. Fue entonces cuando pude ver que se trataba de algo inmensamente monstruoso. El torso era sumamente musculoso y mostraba un pelaje parecido al de un taurino, sólo que las manos culminaban en unas manos toscas de un humano. Mientas la parte inferior de su cuerpo, en proporción, era más chica que todo su cuerpo. Su torso estaba completamente desnudo, mientras que la parte inferior de su cuerpo se cubría con una especie de pantalón hechos girones.
—Mauro —dijo la voz del demonio. Era una voz escalofriante, estremecedora—. Tu esencia me pertenece.
Di un paso hacia atrás. Miré mis posibilidades y me avergoncé de lo nulo que podía ser que escapara.
—Todo este tiempo has alimentado mi voluntad con tu inseguridad, con tu miedo, con la pena que te daba aceptar las voces en tu mente. Tu problema no era tener las voces en tu interior, el problema era que no las aceptabas.
Su mirada se ciñó sobre mí. Su aliento me inmovilizó. Se puso tan cerca de mi cara que pude sentir el calor que emanaba de su boca. Entonces, con uno de sus poderosos brazos, me tomó. Con mucha paciencia, fue abriendo las fauces de su boca. En primera instancia pensé que tenía la intensión de comerme vivo. Pero no fue así. Abrió su boca para aspirar despacio mi aliento, un aliento de color rojizo que salía de mi boca en contra de mi voluntad. Me mantuvo suspendido en el aire cuando su brazo me había dejado de rodear la cintura. Extrañamente, tenía ganas de gritar, pero ningún sonido, a excepción de un débil quejido, salía de mi boca. Pensé que me estaban extrayendo el alma, pero la sensación no era lo que esperaba. Pensaba que la muerte sería dolorosa, sangrienta. Estaba perdiendo mis fuerzas, sentía mis extremidades, en su totalidad, blandas y flácidas. Aparte comenzaba a perder la vista gradualmente, comenzaba a sentir que mi olfato comenzaba a producir olores que sólo habían tenido lugar en mi infancia, mi boca se estaba secando y un zumbido se adueñaba de mis tímpanos. Aquella bestia me observaba y lo último que pude ver fueron sus ojos de reptil antes que mi mirada se cegara por completo.
Hoy me encuentro en lo que creo que es un hospital para enfermos mentales. Me han metido aquí debido a lo confuso que puede resultar un trato conmigo. No veo nada por mis ojos, sólo esta profunda oscuridad.
A lo lejos puedo escuchar las voces de las sombras comunicándose a través de mi cuerpo todo el día. Se han adueñado de mí casi por completo. Los demás me siguen considerando un loco por las cosas que hacen los espíritus que a través de mí. Voy escribiendo esto mientras los espíritus que me tienen cautivo en mi propio cuerpo duermen. Puedo escuchar sus ronquidos como bestias durmiendo en una posición incómoda. Porque aunque parezca raro, ellos duermen y quitan su atención de la realidad, y es ahí donde puedo expresar todo lo que he sentido.
 





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