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viernes, 9 de marzo de 2018

Íncubo - Segunda parte




Íncubo - segunda parte






Al llegar a casa se sintió como si trajera un enorme peso sobre los hombros. Pensó que quizás el viaje de regreso se le había hecho muy pesado, pero se percató, por la hora del reloj que colgaba de la pared de la entrada, que sólo habían pasado treinta minutos desde que salieron del hospital.
 Cuando pasó por debajo del umbral de la puerta, comenzó a sobarse los brazos, desde las muñecas hasta los codos, sentía una comezón que, poco a poco, le iba escurriendo por todo el brazo, hasta los hombros. Miró a todos lados con la intensión de sentirse segura, pero en esa casa flotaba para ella un ambiente que le impedía sentir tranquilidad. Obviamente sentía algo que los demás no. Y eso la abrumaba, le hacía sentir como si alguien estuviera rozando su piel continuamente.
Sus padres entraron detrás de ella.
—Adelante, hija —la alentó su madre.
—Esta es tu casa —la invitó a pasar su padre quien venía hasta atrás de la fila de personas.
Se comenzaron a escuchar pasos en el piso superior. Katia sintió un repentino ataque de nervios que apenas se disipó en cuanto vio descendiendo los pies descalzos de su hermano, quien, al bajar por completo de la escalera, corrió a abrazarla. Katia sintió el empuje de su hermano al chocar cuerpo contra cuerpo.
— ¡Qué bueno que te encuentras de vuelta! —atronó con alegría mientras la abrazaba y sumía su cara en el abdomen de Katia— ya te extrañaba.
Al dejar de abrazarla, la observó con la expresión de un hermano jubiloso y vasto de ganas por haberla visto de vuelta. Lo cierto es que su relación entre ellos, como hermanos, no era la más afecta que se pudiera notar, sino que era una relación normal donde ella fungía como el calmante de las noches fatídicas debido a las pesadillas nocturnas de su hermano. Katia se atrevía a decir que él no la quería a excepción de esas ocasiones, y eso debido a la proximidad de sus habitaciones, ya que la habitación de sus padres se encontraba al otro lado del corredor, donde se formaba, por las noches, un oscuro pasadizo que desembocaba en las escaleras iluminadas por la mortecina luz de la luna. Ella era la única alternativa para Carlos por las noches.
No se lo tomó a pecho y le sostuvo la mirada y le dedicó una sonrisa llena de cansancio. Lo tomó de la mano y avanzaron hacia la sala donde sus padres ya se habían instalado dejando sus cosas a un costado de uno de los sillones.
La primera en hablar fue su madre:
—Hija —suspiró—, estamos muy consternados y asustados por lo que has dicho que sucedió. Quiero que nos tengas la confianza para decirnos todo lo que quieras. De verdad.
—Sí, hija —dijo su padre—. No te debes callar lo que haya pasado. Si lo que te ocurrió tiene que ver con el hospital, de verdad, no tienes que callarlo, al contrario… No me cansaré hasta que el responsable pague por lo que hizo.
—No, no, no —dijo Katia apresuradamente—. Nada de lo que pasó tiene que ver con el hospital. Les vuelvo a repetir…—agachó la cabeza—… Algo me lo hizo. Me amenazó cuando estaba en la escuela y me hizo caer —miró a sus padres y al percibir el gesto de estupefacción, continuó—. Me ha estado observando por las noches, me ha mirado cuando duermo, me ha visto caminar y me quiere a mí. Tiene malas intenciones —pronunció en un chillido.
— ¿Quién? —preguntó su madre con evidente tensión en la voz.
Katia giró su cara hacia la ventana más próxima a su derecha. De sus ojos comenzaron a manar lágrimas, se talló los ojos con la intensión de secárselas, pero sólo logró esparcirlas y ponerse los ojos rojos.
—Nadie lo ha podido ver más que yo. Por eso pienso, en ocasiones, que es una alucinación mía, pero con haber visto lo que me hicieron por todo el cuerpo, me atrevo a decir que es un espíritu.
El padre puso cara de confusión.
—Hija —comenzó a hablar con paciencia tratando de sosegar lo que en realidad quería decir—, entiendo cómo te sientes. Sé que debes estar muy molesta, incluso apenada por lo que acabas de pasar. Pero debemos buscar ayuda médica a todo esto. Sabes que… —su tono de voz mutó a una más silenciosa y trémula—… todas esas cosas de espíritus, fantasmas y, etcétera, no existen en realidad —se fue acercando a Katia hasta que quedó de rodillas frente a ella—. Entiendes lo que quiero decir, ¿verdad, hija?
Katia meneó la cabeza con frustración sin quitar la vista de la ventana.
— ¡No entienden! —reclamó—. Esto acabará conmigo si no hago algo ahora mismo.
Su madre pasó su brazo por encima de los hombros de Katia. Ésta al percatarse de ello, la rechazó levantándose de golpe del sillón y dedicándoles una mirada furtiva a su familia.
—No lloren por mí si ahora no me apoyan.
Su padre agachó la cabeza y se tomó el tabique de la nariz mientras meneaba su cara de un lado a otro. Su madre la miró inquieta, frunciendo el ceño. El pequeño Carlos, quien hasta el momento no había dicho ninguna palabra, asomó un gesto de confusión. Sólo con la determinación que tuvo en aquel momento el niño habló inesperadamente:
—Yo sí estaré contigo, te lo prometo.
Katia se le quedó viendo. Sintió algo muy raro en la cadencia de aquella frase proferida por su hermano. Pero era más grande su frustración que su incertidumbre. Miró una última vez a sus padres y esquivó a su hermano y se dirigió a las escaleras.
Sus pasos se alejaron y se perdieron con el portazo que anunció el cerrar de su puerta.

Al pasar de los siguientes días, Katia se sumió en un intenso enclaustramiento. Había decidido dejar de asistir a la escuela, más por el hecho de haberse disgustado con su familia que porque se sintiera imposibilitada de hacerlo. Rara vez salía de su habitación, y rara vez le abría la puerta a alguien. Las pocas veces que lo hizo fue a su madre y a su hermano, quienes, al parecer, creían un poco en lo que ella decía. Aunque tenía que aceptar que se sentía incómoda con el comportamiento afectivo y poco normal de su hermano hacia ella, tenía que abrirle la puerta debido a que hacía mucho ruido cuando tocaba a su puerta. Katia llegó a pensar que lo hacía intencionalmente, ya que, en el pasado, no lo hacía de esa manera. Cuando sus padres le ordenaban irle a tocarla puerta, lo hacía con una voz desganada y poco cordial. Ahora era todo distinto.
Otra cosa que había notado, con respecto a su hermano, era que venía cada vez más entrada en la noche, se quedaba un tiempo determinado, platicaba con ella, como si necesitara reconstruir la historia de familia que llevaba con ellos. Hacía preguntas ridículas y se comportaba algo extraño. Su mirada era distinta a la que conocía Katia; muy pesada y demasiado evidente. Katia no sentía miedo al conversar con él, sino al contrario, se sentía a gusto haciéndolo, como si algo en su hermano se hubiera despertado en el tiempo que ella había pasado en el hospital. Carlos formulaba preguntas más profundas a medida que iban pasando las conversaciones que tenían. Preguntaba, la mayoría de las veces, sobre sus novios. Ella le contaba de una manera que le servía para recordar y desahogarse, puesto que nunca había sido una persona muy abierta en esos temas. Comúnmente respondía con evasivas cuando alguien quería enterarse de su vida amorosa. Pero con su hermano era algo distinto. Quizá sentía el afecto que éste podría proporcionarle al preguntar sobre el tema, podría sentirse un poco en confianza al responderle sin tener que detenerse por las respuestas que efectuara.
Esas conversaciones pasaron de una fugaz pregunta con respuesta, de un sí o un no, a conversaciones que se extendían por una hora. Día tras día, retomaban el tema de la noche anterior.
Hubo un momento donde su incomodidad se despuntó cuando Carlos preguntó algo más íntimo:
— ¿Has tenido relaciones sexuales con tus novios? —Katia todavía se encontraba riendo debido a la conversación que estaban teniendo previamente. El jovencito lo preguntó de una manera tan normal que Katia primero esgrimió un gesto de asombro, pero luego cayó en la cuenta que alguien de su edad no preguntaría algo por el estilo. No era una pregunta que correspondiera con su edad.
Katia se levantó de la cama sin quitarle la mirada de encima.
— ¿Qué dices? —Inquirió confundida— ¿Por..? ¿Por qué haces ese tipo de preguntas?
El joven simplemente se encogió de hombres como si lo que había preguntado era lo más natural del mundo.
—Toda la gente lo hace, simplemente que nadie lo dice —respondió Carlos—. Además hay confianza entre nosotros, somos hermanos —su voz volvió a adquirir la puerilidad tan cotidiana de siempre.
Katia le sostuvo la mirada y no pudo evitar que un golpe de nerviosismos se adueñara de ella. Giró su mirada a un rincón, hacia donde se encontraba su escritorio. Se tomó nerviosamente el cabello unas cuantas veces y miró a su hermano, quien no parecía intimidarse y permanecía en el mismo sitio, sentado en la silla, mirándola detenidamente.
—Por favor, Carlos —habló Katia—. Vete. No tengo por qué contestar a tu pregunta y no somos las personas indicadas para hablar de eso.
El niño no se inmutó y pareció tomar la petición de Katia con la mayor naturalidad posible dirigiéndose a la puerta de la habitación. Al llegar a la puerta, la abrió, sacó la mayor parte de su cuerpo y, antes de cerrar, le dirigió una mirada desprovista de todo gesto hasta que terminó por dedicarle una sonrisa mientras iba cerrando la puerta.
Katia escuchó los pasos de su hermano dirigirse a su habitación por el pasillo.
Una necia inquietud se había adueñado de ella y de los latidos de su corazón. En momento en el que su hermano se dirigió a ella de esa manera, tuvo la misma sensación cuando aquel ente le estuvo hablando en el aula de ensayo de la escuela.
A continuación, comenzó a dar vueltas por todo el espacio central de su habitación. Desesperada, fue hasta un rincón donde se sentó casi por una hora. Mirando su entorno como si en realidad no estuviera ahí. Estaba concentrada, mentalizando la voz de su hermano, su comportamiento, ademanes y demás.
Encontraba curiosidades demasiado evidentes, cosas que antes su hermano no tenía. Muchas cosas le tenían en un grado de confusión que no alcanzaba a procesar. Su mirada inquisitiva. Su hermano había cambiado de ser un niño insoportable a ser un niño totalmente complaciente, con el que se podía entablar una conversación que iba fuera de su edad. Parecía como si hubiera algo en él que hubiera madurado o pasado por un proceso de crecimiento acelerado. Nada de lo que veía en él correspondía al Carlos que conocía.
Se levantó del suelo sintiendo cómo su cabeza le daba vueltas y comenzaba a marearse. Se dejó caer en la cama tratando de recordar la última vez que había ingerido alimentos. Se sintió pésimamente cansada. Dio un suspiro y vio cómo su vista se iba nublando. Dio unas cuantas bocanadas de aire y sintió que lo que llegaba a sus pulmones era un gas sumamente espeso, el cual le provocaba un adormilamiento y un ablandamiento que se iba recorriendo por todo su cuerpo con tanta efervescencia que, para los dos minutos posteriores, ya se encontraba completamente inmóvil e inerte en su cama, boca abajo.
Su vista nublada, dirigida hacia la puerta, alcanzó a ver que alguien se detenía enfrente de su habitación. Era una sombra que casi acaparaba toda la extensión del espacio entre el suelo y la puerta. Trató de reaccionar intentando enderezarse, pero su cuerpo entero no reaccionaba a sus órdenes. Se encontraba flácido sin fuerza. Lo único que reaccionaba a sus movimientos eran sus párpados, que prefería mantenerlos abiertos, atenta a lo que pasaba con aquella sombra.
Un chasquido proveniente de la puerta anunció que alguien había girado el pomo. Con la mirada nublada, Katia abrió los ojos en señal de sorpresa. La puerta se abrió lentamente y con un rechinido tan fino que apenas ella lo escuchó. Silenciosa, la silueta se dejó ver. Aunque para Katia la visión era demasiado defectuosa, y, por más que parpadeó para aclararse los ojos, no consiguió ver nada más que una sombra parada en el umbral de la puerta caminando muy despacio hacia ella. Lo que  alcanzaba a discernir es que se trataba de alguien que, aparentemente, estaba descalzo y de una tonalidad de piel grisácea que se tornaba de un azul opaco cuanto más se acercaba a la oscuridad.
Katia pasó saliva al ver que aquella silueta se encontraba a un metro de distancia de ella y, con desdén, tomaba un rumbo inesperado, en dirección hacia donde se encontraban sus pies.
Las lágrimas, las cuales no son una acción derivada de alguno de sus músculos, comenzaron a brotar de la desesperación que le había provocado todo, pues mantenía la idea, frecuentemente, en su cabeza de que se trataba de aquel ente que la había amenazado y prometido que sería suya.
«¿Suya? ¿De qué modo?» esa era la interrogante que se mantenía flotando en su pensamiento como un tétrico recuerdo, como una amenaza de muerte de la cual no se espera una fecha determinada. Lo que sentía Katia era el miedo continuo a saber que en cualquier momento puede pasar algo. ¿Cómo? ¿Cuándo? y ¿Dónde?: nunca se sabe.
Todo estaba en profundo silencio. Lo más inquietante era que en ningún momento Katia había escuchado los pasos de aquella silueta, solamente lo había visto. Su corazón dio un tumbo cuando escuchó el sonido de su cobija rasgarse con algo, como si aquella silueta hubiera ocupado una navaja para rasguñar los hilos de su cobija. Inmediatamente sintió en los pies que la temperatura bajaba y subía repentinamente, como un si la temperatura palpitara, latente e intermitentemente. Fue hasta que sintió algo que le rozaba los pies, cuando un espasmo, le hizo endurecer su cuerpo por completo. Sus pies se elevaron y su torso se comenzó a pandear, parecía que en cualquier momento se le iba a romper la columna. Katia quería llorar y gritar de dolor, pero sentía que una fuerza desde su interior se lo impedía.
 Para ese entonces sentía el estómago a punto de reventar, como si la piel de su abdomen se estuviera estirando tanto que no lograría soportar un poco más. Entonces, repentinamente, la presión cesó. Su cuerpo cayó de vuelta sobre la cama, tan lánguido y flácido como al principio. Pero aun así, cuando todo había cesado, no podía moverse. Tenía ganas de salir corriendo y gritarle a sus padres que le ayudaran. En cambio su cuerpo se fue deslizando por encima de la cama hacia el piso jalando sus cobijas con ella. Poco a poco, fue recobrando la sensibilidad en los pies y con esto se dio cuenta que no estaba cayendo por su propio peso, sino que alguien la estaba jalando en dirección a la puerta de su habitación.
En su cara sólo se esgrimía un gesto de terror. Sus ojos estaban abiertos en su totalidad y su boca permanecía abierta. Su cara chocó contra el piso mientras el ente la arrastraba hacia el corredor iluminado por la débil luz de la lámpara que se sostenía en lo alto de la pared del pasillo. Todo su torso, sus brazos y su cara iban arrastrando por el piso. Ella, inerte, solo miraba el rastro de sudor que iba dejando a su paso.
Percibió que la mano que la jalaba seguía palpando más hacia sus piernas. Sentía el deseo que tenía éste ente al hacerlo. Deseaba poder girarse y defenderse, pero, a la vez, sentía un gran arrebato de adrenalina.
Fue entonces cuando aquella presencia giró hacia las escaleras, y con él el cuerpo de Katia giró por completo, boca arriba. Pudo verle la espalda, la cual era peluda y musculosa. Y, aunque su vista era defectuosa, alcanzó a ver que quien la estaba jalando poseía cuernos y se encontraba desnudo.
Katia sintió un fuerte golpe en la nuca; lo que le anunció que estaban descendiendo las escaleras.
A mitad de éstas, Katia sintió que la habían dejado de arrastrar. En la pared que se situaba enfrente de las escaleras, se encontraba un ventanal donde entraba la luz de la luna en todo su esplendor. Katia quedó situada en medio de las escaleras y alumbrada como por un reflector de luz lunar. Su rostro mostraba un rictus de cansancio; con la boca abierta, los labios resecos y los ojos entornados hacia arriba.
Lo perdió de vista, aunque era capaz de percibir ese disminuido olor agrio que había percibido desde un principio.
Katia no podía girar el rostro, sentía todavía la presión sobre todas sus extremidades. Lo único que podía mover a voluntad eran sus ojos, esto le incrementaba más su desesperación.
De pronto, sintió una vibración en el suelo. Dirigió su mirada hacia la cima de la escalera y alcanzó ver una silueta humana. De inmediato identificó a su hermano, quien estaba inmóvil al borde de los escalones. Intentó llamarlo produciendo unos débiles sonidos, que era todo lo que su garganta apagada podía emitir.
Carlos la ignoró por completo. Mantenía la vista dirigida hacia abajo, como si algo estuviera moviéndose en la parte de la sala. De pronto, sonrió. Su sonrisa hizo que un escalofrío le recorriera los brazos. Lo miraba con angustia, pues Carlos parecía observar detenidamente los pasos del demonio.
Escuchó un bufido. El demonio parecía desesperado. Katia no tenía ni la menor idea de qué estaba haciendo, pero su respiración estaba aún más agitada que la de ella. Escuchaba que estaba moviendo varias cosas a su alrededor, como si estuviera dando tumbos por toda la planta baja.
Fue entonces, en ese momento de distracción del ente, donde la sujeción que éste estaba aplicando contra ella, cesó casi de repente. Todo su cuerpo lo sintió más liviano, y pudo mover, con todavía algo de dificultad, la cabeza. Dirigió su mirada hacia donde había escuchado con anterioridad los ruidos.
Vio al demonio hincado, de espaldas a ella. Mantenía una postura que podría interpretarse como de dolor. Katia lo observo y miró con miedo su majestuosidad. Era una mole enorme, de brazos y piernas musculosos. Los cuernos que sobresalían de cada lado de su cabeza, se retorcían en una especie de caracol, como los cuernos de un carnero. Katia, en vez de correr, se quedó estupefacta por lo que estaba viendo. Lo que percibían sus ojos le quitó la facultad del movimiento.
El demonio parecía no darse cuenta de su presencia. El demonio permanecía hincado en el suelo, no como si estuviera realizando una especie de ritual, sino como si le doliera incesantemente algo, puesto que su cuerpo vibraba de dolor y los leves quejidos que emitía lo constataban.
El demonio se fue incorporando sobre sus extremidades inferiores, pero sólo era para enarcar su espalda y suspender sus brazos como si quisiera tocarse la cabeza. Su cuerpo se arqueó tanto que Katia alcanzó a ver su cara. Los ojos del demonio se vislumbraron en un blanco total, el gesto que mantenía era de un dolor continuo. El demonio mostraba sus dientes, que más que ser dientes eran afilados colmillos que se situaban por toda su dentadura. El demonio abrió su boca para mostrar una lengua tan larga como cualquiera de sus brazos. De esta resbalaba saliva que salía despedida a borbotones por toda la recepción de la casa. De pronto, en un gesto de dolor arrebatador, el demonio se tomó la cabeza y se volvió a hincar, pero ahora se encorvó y bajó su cabeza hasta el piso, el cual golpeó en reiteradas ocasiones con los cuernos, haciéndose ver como un verdadero carnero enrabietado. Unos pesados golpes retumbaron en el espacio de la planta baja, seguido de unos dolorosos quejidos de una bestia similar a un toro.
Desalentada, Katia observo con mayor detenimiento que una parte del hombro de aquella criatura se desvanecía, como si éste fuera de repente traslúcido.
Cuando las piernas de Katia terminaron de estar entumecidas, se levantó con precaución y tratando de no hacer ningún ruido. Sus pies descalzos favorecían sus intenciones, pero sus movimientos eran torpes como los de un bebé aprendiendo a caminar. Cerró los ojos, atemorizada, cuando se percató de haber pateado una figura de cerámica y haber hecho un sonido por demás audible.
Escuchó que la respiración del demonio cambiaba súbitamente a una respiración dificultosa. Con esto sus nervios se tensaron como si este hubiera retomado el control sobre su cuerpo. Pero no fue así. La bestia se incorporó débilmente en sus extremidades inferiores, dejando ver su abominable altura. Katia comenzó a temblar de miedo tratando de retroceder como le fuera posible. Pero, para ese entonces, el demonio ya la había visto de reojo. Inmediatamente éste giró su torso con una expresión de enfurecimiento en su cara. Sus gestos taurinos influían temor. Katia se le quedo mirando directamente a los ojos cuando éste se abalanzó sobre ella a una gran velocidad.
La velocidad del demonio fue tanta que Katia se dio cuenta de lo que había hecho hasta que el demonio ya la tenía suspendida, tomándola por el cuello. La miró con sus ojos furibundos y llenos de un extraño fuego azul que se extendía como un incendio dentro de su cabeza. Las manos del demonio la aprensaban como dos fuertes tenazas alrededor de su cuello. Katia sentía que en cualquier momento su cuello se iba a dividir en dos partes.
Trató de mirar al demonio a los ojos, pero éste esgrimió un rictus de dolor que le hizo encogerse y perder fuerza constantemente. La bestia tomó impulso con el brazo con el que cargaba a Katia sólo para lanzarla por los aires hasta una puerta de madera que, de inmediato y con el golpe, se comenzó a cuartear.
Katia cayó boca abajo.
Repentinamente, después de eso, todo se quedó en un lúgubre silencio.
Todo oscureció al grado de que no había rastro de la luz que hace tiempo se filtraba por el ventanal. Al parecer toda luz, dentro y fuera, de se había extinguido. Katia no pudo contra un grito de dolor que se había formado en su garganta.
Entre quejidos y la quietud que se había formado, escuchó como si se tratara de un susurro en sus oídos:
«Belaam…» el susurro se perdía entre el silencioso lugar «Tu tiempo se está acabando» La voz era de un hombre; fría, áspera, gutural.
Inevitablemente, aquellos estruendosos sonidos, habían conseguido despertar a los padres de Katia.
La primera en bajar las escaleras en largas zancadas fue su madre, seguida de su padre.
La encontraron debilitada y tumbada en el suelo, apenas con la cara hacia un lado. Observaron todo el desastre que había en la planta baja de la casa y se miraron el uno al otro, posteriormente y sin nada que su hija les pudiera argumentar, el padre la tomó en brazos y la llevo hasta su habitación. Donde aguardaron, pacientes, la hora en que despertara.







Íncubo Primera parte



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